
La despedida del Indio Solari se transformó en una demostración popular excepcional: una marea humana colmó Avellaneda y sus alrededores, con más de un millón de personas que a lo largo de la jornada se acercaron a rendirle homenaje y acompañar el velorio. La escena desbordó cualquier previsión y colocó este adiós en la misma escala de masividad y emotividad que los funerales de Perón, Evita y Maradona, dentro de los hitos más conmovedores de la historia argentina reciente.
La noticia de su muerte, a los 77 años, se conoció el viernes por la mañana, luego de que el músico fuera hallado sin vida en la pileta de su casa de Parque Leloir. La autopsia confirmó un accidente cerebrovascular como causa del fallecimiento, pero el impacto fue mucho más allá del parte médico: para varias generaciones, el fundador de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnó una forma de entender la juventud, la rebeldía y cierta manera de estar en el mundo.
Historiadores y politólogos coincidieron en que lo ocurrido en Avellaneda desborda la lógica de un velorio tradicional y se parece más a un gran rito de pertenencia. Hablaron de un sentimiento de comunidad, de la necesidad de compartir el duelo y de un lazo afectivo que no se explica por la coyuntura política, sino por décadas de canciones convertidas en memoria común. En esa clave, la multitud no fue leída como una expresión partidaria, sino como la puesta en escena de una identidad cultural compartida que se activó de manera casi instintiva.
Las miradas académicas subrayaron además un rasgo generacional: buena parte de quienes hicieron filas interminables rondaban los 40 años o más y parecían despedir, al mismo tiempo, al ídolo y a una época de sus vidas. Varios historiadores interpretaron que, para muchos, el Indio fue “la voz de los que quedaron afuera” cuando la política dejó de representarlos, y que su figura funcionó como refugio simbólico en un país atravesado por crisis recurrentes y desencanto con las instituciones.
En el repaso de grandes funerales populares, los especialistas trazaron un mapa que va de Eva Perón y Juan Domingo Perón a Jorge Newbery, Carlos Gardel y Diego Maradona. Evita y Perón aparecieron como ejemplos de adioses organizados desde el Estado, cargados de dramatismo político y liturgia institucional. En cambio, Newbery, Gardel, Maradona y ahora el Indio integran la tradición de los ídolos no estrictamente políticos, cuyos cuerpos convocan multitudes porque se confunden con la biografía emocional de un pueblo más que con una bandera partidaria.
La logística del velorio dejó en claro la dimensión del fenómeno. El adiós se llevó a cabo en el Microestadio Gatica, en el Parque Los Derechos del Trabajador de Villa Domínico, un espacio de capacidad limitada frente a una convocatoria desbordante. La fila para ingresar se estiró por más de 70 cuadras, hasta el límite con la Ciudad de Buenos Aires, y desde la noche anterior cientos de personas acamparon sobre la avenida Bartolomé Mitre, en una vigilia que convirtió la espera en parte del rito colectivo.
En ese marco, la despedida del Indio Solari quedó inscripta entre las grandes ceremonias populares de la historia argentina, pero con una marca propia: un duelo masivo, pacífico y transversal que unió generaciones, clases sociales y geografías bajo una misma consigna afectiva. Más que un último adiós, el velorio funcionó como la confirmación de que su obra y su figura ya no pertenecen solo a la historia del rock, sino al patrimonio simbólico de todo un país.




















Comentarios