La decisión del Gobierno nacional de no organizar el funeral del Indio Solari en el Congreso ni decretar duelo nacional expuso una vez más una actitud de absoluta indiferencia frente a un hecho que conmovió a millones de personas y que, por su dimensión histórica, merecía un gesto institucional a la altura. La familia había pedido que la despedida fuera en el Congreso, lugar donde se honró a otros íconos populares, pero Martín Menem rechazó el pedido alegando falta de condiciones de seguridad, clausurando la posibilidad de un homenaje en la casa de las leyes.

Lejos de asumir la magnitud cultural y social del Indio, en Casa Rosada se mostraron satisfechos con la postura adoptada: fuentes oficiales insistieron en que “actuaron correctamente” y repitieron el argumento de que “no hacen política con los muertos”, como si evitar un reconocimiento mínimo no fuera también una decisión profundamente política. Javier Milei ni siquiera decretó duelo nacional, al contrario de lo que hizo Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, que estableció tres días de duelo y banderas a media asta, marcando un contraste brutal entre un Estado que se hace cargo del dolor de su pueblo y otro que mira para otro lado.

El Presidente justificó su negativa con argumentos que minimizan el peso colectivo del Indio: dijo que “no hay que imponerle a la gente que se hable días de una persona” y se comparó con su admirado economista Murray Rothbard, planteando que tampoco impondría hablar de él aunque lo considere el más importante de la historia. En los hechos, esa postura termina desconociendo que no se trataba de una devoción personal sino del adiós al artista más convocante del rock nacional, con una vigencia y una masividad que exceden cualquier grieta política.

Mientras la Nación se “borraba”, fue la provincia de Buenos Aires y el municipio de Avellaneda los que asumieron la responsabilidad de organizar el funeral en el Polideportivo Gatica, donde una marea humana recorrió kilómetros bajo la lluvia para despedirlo. Distintos análisis describen que el Gobierno nacional “le dio la espalda a la historia y al dolor del pueblo”, y que la excusa de la seguridad sonó más a coartada que a preocupación real, reforzando la imagen de una gestión que se mantiene deliberadamente lejos de los símbolos y afectos populares que marcaron generaciones. En ese contexto, la decisión de Milei no es solo desacertada: es una señal política potente de desprecio hacia una parte central de la cultura argentina.

Obra clave en el oeste: extienden la red cloacal para más de 200 familias en Neuquén capital.

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