El presidente Javier Milei viajará este sábado a Rosario para encabezar el acto oficial por el Día de la Bandera en el Monumento Nacional, pero la fecha patria lo encontrará más ocupado en ordenar su propia interna que en exhibir cohesión institucional. El Gobierno llega a la ciudad en plena crisis por las causas judiciales que comprometen al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y con la vicepresidenta Victoria Villarruel decidida a aparecer en el escenario a pesar de no haber sido invitada por la Casa Rosada. El acto, que en otros contextos podría funcionar como gesto de unidad, se convierte así en una vidriera incómoda de las tensiones que atraviesan al oficialismo.

La presencia de Villarruel es uno de los gestos más fuertes de la jornada: anunció que irá a Rosario aunque quedó excluida de la invitación formal del Ejecutivo, en una nueva muestra del deterioro del vínculo con el entorno más cercano al Presidente. Su decisión de compartir espacio con Milei sin que se la hubiera convocado revela una disputa de poder que el Gobierno no logra disimular, y expone hasta qué punto la conducción política de la coalición libertaria está fragmentada. Lejos de una postal de coordinación entre Presidente y vice, el acto amenaza con subrayar esa distancia ante las cámaras.

Adorni, por su parte, llega a Rosario como símbolo del problema que el Milei intenta minimizar: sigue en el centro de la escena pese a estar bajo la lupa judicial por el explosivo crecimiento de su patrimonio y por una causa que investiga inconsistencias en sus declaraciones juradas. El Presidente decidió sostenerlo como jefe de Gabinete y mostrarlo a su lado en el viaje, en un gesto que busca dar una señal interna de respaldo pero que, al mismo tiempo, lo ata a un funcionario cuestionado en uno de los actos institucionales más sensibles del calendario. En lugar de despejar dudas, la presencia de Adorni refuerza la idea de un gobierno que prioriza cerrar filas antes que dar respuestas claras sobre las sospechas de corrupción.

El marco en Rosario tampoco será cómodo: organizaciones gremiales y sectores opositores preparan una movilización en repudio a la visita presidencial, mientras grupos libertarios locales intentan organizar un “contra-acto” de apoyo a Milei para equilibrar la escena. La ciudad, que en otras épocas fue presentada como símbolo de consenso alrededor de la bandera, quedará partida entre manifestaciones a favor y en contra del Gobierno, con el Monumento como escenario de una disputa política más que de una celebración cívica. En ese contexto, es difícil que el mensaje oficial no quede contaminado por el clima de confrontación que el propio estilo presidencial contribuyó a instalar.

La tensión se potencia además por la relación tirante entre la Nación y el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, que debió financiar con recursos provinciales la restauración del Monumento tras años de desatención estatal. Mientras reclama fondos para obras e infraestructura bajo órbita nacional, Pullaro intenta mantener una convivencia pragmática y evitar una escalada abierta con Casa Rosada en plena exposición mediática. Así, el acto por el Día de la Bandera termina condensando buena parte de las contradicciones del oficialismo: un Presidente que promete orden pero exhibe una interna desatada, un jefe de Gabinete acorralado por sospechas de corrupción y una vicepresidenta que se planta en público para marcar que, aunque la quieran afuera de la foto, sigue disputando poder dentro del gobierno.

Apoyo sindical a Kicillof y llamado a la unidad del peronismo.

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