El ciclo de Manuel Adorni como jefe de Gabinete se terminó mucho antes de lo que imaginaban en la Casa Rosada. El exvocero que escaló desde los sets de televisión hasta el despacho político más importante después del Presidente se va acorralado por una causa de enriquecimiento ilícito, con posibilidad concreta de indagatoria, y con un desgaste que hizo explotar las encuestas y el humor social alrededor del gobierno. La decisión de cortar por lo sano llegó cuando quedó claro que sostenerlo en el cargo era más costoso que asumir el daño de su salida.

El punto de quiebre no fue solo judicial sino también político. Milei decidió correr a Adorni luego de recibir presión directa de aliados que lo acompañaron hasta la Presidencia y que veían en el jefe de Gabinete un obstáculo para cualquier plan de reelección. En ese tablero, la ausencia de Karina Milei en el viaje a España y Estados Unidos encendió todas las alarmas: la hermana del Presidente tenía todo listo para subir al avión y se bajó a último momento, mientras la que terminó acompañándolo fue la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, señalada en el entorno oficial como una de las voces que logró convencerlo de que el costo de Adorni era ya imposible de administrar.

La Casa Rosada leyó la crisis como un problema estructural de comunicación y empezó a desarmar el esquema que el propio Adorni había construido. Primero le quitaron el micrófono: Adrián Raiver fue nombrado nuevo vocero presidencial, desplazándolo del rol que lo había convertido en cara y tono del gobierno. Después cayó Javier Lanari, su número dos y hombre de confianza, reemplazado en la Secretaría de Comunicación por Fabián Fernández. En los pasillos se admite que el “método Adorni”, basado en la confrontación permanente y el blindaje discursivo, funcionó un tiempo pero terminó chocando de frente con la realidad económica, judicial y parlamentaria.

La presión externa también fue determinante. El PRO, Mauricio Macri, Patricia Bullrich, sectores del radicalismo, gobernadores aliados y hasta tribus libertarias “puras” coincidieron en un punto: Adorni se había convertido en una carga demasiado pesada para un gobierno que ya enfrenta ajuste, recesión y conflictos con las provincias. Todos pedían su renuncia a los gritos mientras Milei repetía que quería llegar “entero” a 2027 y ya tenía tomada la decisión política de ir por la reelección. La permanencia del jefe de Gabinete era, cada vez más, incompatible con ese objetivo.

Sobre la mesa, además, estaba el avance de las causas. El expediente por presunto enriquecimiento ilícito, impulsado por la fiscalía federal, investiga un crecimiento patrimonial de varios cientos por ciento en pocos años y abre interrogantes sobre inmuebles, movimientos de dinero, vínculos familiares y posibles falsificaciones documentales. A eso se suman los efectos colaterales en la gestión: trabas en proyectos económicos clave, tensiones en el Congreso y el bloqueo en el Senado de iniciativas como la ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, donde la oposición utilizó la situación judicial de Adorni como argumento para exigir su desplazamiento.

El resultado final es más crudo que cualquier conferencia de prensa. Milei decidió sacrificar al hombre que encarnaba su relato para intentar salvar el proyecto que lo obsesiona: llegar competitivo a las urnas en 2027. Adorni, el funcionario que convirtió la palabra “oxígeno” en muletilla para defender el ajuste, terminó siendo precisamente eso para el gobierno: una bolsa de aire que había que soltar para que la nave no se estrelle. La pregunta que queda flotando es otra: si el problema era solo el vocero o si, detrás de su caída, aparece al desnudo un modelo que ya no se sostiene con discursos, por más que cambien de portavoz.

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